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Poética musical (1942)

In everything that bows gracefully there must be an effort at stiffness. Bows arc beautiful when they bend only because they try to remain rigid. (1)     G. K. Chesterton

El estudio del proceso creador es de los más delicados. Es imposible, en efecto, observar desde fuera el desarrollo íntimo de tal proceso. Es inútil tratar de seguir las fases del trabajo ajeno. Es igualmente difícil observarse a si mismo. Aún así, creo que apelando a mi introspección tendré algunas probabilidades de guiarles en esta materia esencialmente ondulante.

La mayor parte de los melómanos cree que lo que impulsa a la imaginación creadora del compositor es una cierta inquietud emotiva que se designa generalmente con el nombre de inspiración.

No pienso negar a la inspiración el papel eminente que se le otorga en la génesis que estudiamos; simplemente afirmo que no es en modo alguno condición previa del arte musical, sino una manifestación secundaria en el orden del tiempo.

Inspiración, arte y artista son palabras de sentido poco determinado que nos impiden ver con claridad en un dominio en donde todo es equilibrio y cálculo, por donde pasa el soplo del espíritu especulativo. Más tarde, pero sólo más tarde, nacerá esa turbación emotiva, que se encuentra en la base de la inspiración, de la que se habla tan impúdicamente dándole un sentido indiscreto que compromete a la obra misma. ¿no está claro que esta emoción es una reacción del creador, en lucha con ese algo desconocido que no es aún más que el objeto de su creación y que debe convertirse en una obra? Eslabón a eslabón, malla a malla, le será dado el irlo descubriendo. Esta cadena de descubrimientos, y cada descubrimiento en si, es lo que da nacimiento a la emoción –reflejo casi fisiológico, como el apetito provoca la secreción salivar-, emoción que sigue siempre, y de cerca, las etapas del proceso creador.

Toda creación supone en su origen una especie de apetito que hace presentir el descubrimiento. A esta sensación anticipada del acto creador acompaña la intuición de una incógnita ya poseída, pero ininteligible aún y que no será definida más que gracias al esfuerzo de una técnica vigilante.

Este apetito que despierta en mi ante la sola idea de poner en orden los elementos señalados, no es un algo fortuito como la inspiración, sino habitual y periódico, cuando no constante, como una necesidad natural.

Este presentimiento de una obligación, este anticipo del placer, este reflejo condicionado, como diría un moderno fisiólogo, muestra claramente que es la idea del descubrimiento y del trabajo lo que me atrae.

El hecho mismo de escribir mi obra, de poner, como se dice, manos en la masa, es inseparable para mi del placer de la creación. En lo que me concierne, no puedo separar el esfuerzo espiritual del esfuerzo psicológico y del esfuerzo físico: todos se me presentan en un mismo plano y sin la menor diferencia de jerarquía.

Stravinsky_La consagracion de la primavera

La consagración de la primavera  (Igor Stravinsky, 1913)

La denominación artista –que en el sentido que se entiende las más de las veces hoy día confiere a quien la lleva el más alto prestigio intelectual, el privilegio de ser considerado como un espíritu puro-, este término orgulloso es de hecho, incompatible, a mi juicio, con la condición de homo faber.

Ahora es el momento de recordar que, en el dominio que nos corresponde, si bien es cierto que somos intelectuales, nuestra misión no es la de pensar, sino la de obrar.

El filósofo Jacques Maritain nos recuerda que en la poderosa estructura de la civilización medieval el artista tenía solamente la categoría del artesano, “y toda clase de desarrollo anárquico estaba prohibido a su individualismo, porque semejante disciplina social le imponía, tácitamente, ciertas condiciones restrictivas”. Es el Renacimiento el que inventó al artista, lo distinguió del artesano y lo comenzó a exaltar a expensas de este último. En los comienzos, el nombre de artista se daba solamente a los maestros en artes: filósofos, alquimistas, magos. Los pintores, escultores, músicos y poetas no tenían derecho más que a la condición de artesanos.

Les artisans bien subtils / Animent de leurs outilz / L’airain, le marbre, le cuyvre (2)

dice el poeta Du Bellay. Montaigne enumera en sus Ensayos los “pintores, poetas u otros artesanos”. En el siglo XVII todavía La Fontaine saluda a un pintor con el nombre de artesano y se hace reprender, con tal motivo, por un crítico malhumorado que podría ser un antepasado de la mayor parte de los nuestros.

La idea de la obra a realizar está tan unida para mi a la idea de la ordenada disposición y al placer que de ella dimana, que si, cosa imposible, me vinieran a traer mi obra terminada, me avergonzaría y desconfiaría como de una mistificación.

Tenemos un deber para con la música, y es el de “inventar”. Recuerdo que en una ocasión, durante la guerra, al pasar la frontera francesa, un gendarme me preguntó cual era mi profesión. Yo le respondí con toda naturalidad que era inventor de música. El gendarme verificó entonces mi pasaporte y me preguntó por qué figuraba allí como compositor. Le respondí que la expresión “inventor de música” me parecía cuadrar mejor con el oficio que ejerzo que aquella que se me atribuye en los documentos que me autorizan a pasar las fronteras.

La invención supone la imaginación, pero no debe ser confundida con ella, porque el hecho de inventar implica la necesidad de un descubrimiento y de una realización. Lo que imaginamos, en cambio, no debe tomar obligatoriamente una forma concreta y puede quedarse en su estado virtual, mientras que la invención es inconcebible fuera del ajuste de su realización en una obra.

Lo que debe ocuparnos aquí no es, pues, la imaginación en si, sino más bien la imaginación creadora: la facultad que nos ayuda a pasar del plano de la concepción al plano de la realización.

Durante el transcurso de mi trabajo tropiezo a menudo con algo inesperado. Ese elemento inesperado me choca. Lo noto. A veces le saco provecho. Pero no hay que confundir este aporte de lo fortuito con ese capricho de la imaginación llamado comúnmente fantasía. La fantasía implica la voluntad preconcebida de abandonarse al capricho. Bien diferente es aquella colaboración de lo inesperado que de una manera inmanente participa en la inercia del proceso creador, y que, llena de posibilidades que no han sido solicitadas, viene a punto para doblegar todo lo que, con un poco de rigor excesivo, existe en nuestra voluntad desnuda. Y es bueno que así sea.

“En todo lo que se inclina graciosamente – dice G. K. Chesterton- es preciso que haya un esfuerzo de rigidez. Los arcos son bellos cuando se curvan sólo porque tratan de mantenerse rígidos”.

Igor Stravinski, Poética musical. Barcelona: Acantilado, Quaderns Crema S.A., 2006. (pág. 53-57)

1. En todo lo que se inclina graciosamente es preciso que haya un esfuerzo de rigidez. Los arcos son bellos cuando se curvan sólo porque tratan de mantenerse rígidos.

2. Los artesanos, que son sutiles / animan con sus herramientas / el bronce, el mármol, el cobre


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