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La decadencia de la mentira (1891)

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Prerrafaelistas: Ophelia (John Everett Millais, 1852) / Sidonia von Bork (Edward Burne Jones, 1860) / Hylas and the Nymphs (Waterhouse, 1896)

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Personas: Cyril y Vivian. Lugar: La biblioteca de una casa de campo en Nottinghamshire.

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Vivian.- […] “El arte halla su perfección dentro y no fuera de si mismo. No ha de ser juzgado por patrones externos de semejanza. Es un velo más que un espejo. Tiene flores que ningún bosque conoce, pájaros que no posee ninguna arboleda. Hace y deshace muchos mundos, y puede bajara la luna del cielo con un hilo escarlata. Suyas son las “formas más reales que el hombre vivo”1, y suyos los grandes arquetipos de los que las cosas que existen son sólo copias inacabadas. A sus ojos la naturaleza no tiene leyes ni uniformidad. El arte obra milagros a su antojo, y a su llamado acuden los monstruos de la sima. Manda al almendro florecer en invierno, y envía la nieve sobre la mies granada. A su conjuro la escarcha posa su dedo de plata sobre la boca ardiente de junio, y los leones alados salen reptando de los montes de Lidia. Las dríadas acechan su paso en la fronda, y los morenos faunos reciben su llegada con extraña sonrisa. Tiene dioses con cara de halcón que le adoran, y los centauros galopan a su lado”

Cyril.- Eso me gusta. Lo estoy viendo. ¿Acaba ahí?

Vivian.- No. Hay un pasaje más, pero es puramente práctico. Se limita a sugerir algunos métodos con los que podríamos resucitar este arte perdido de la Mentira.

Cyril.- Bien, pero antes de que me lo leas quisiera hacerte una pregunta. ¿Qué quieres decir con eso de que la vida, “la pobre vida humana, verosímil y carente de interés”, trata de reproducir las maravillas del arte? Comprendo muy bien tu objeción de hacer del arte un espejo. Piensas que reduciría el genio al papel de un cristal agrietado. ¡Pero no creerás en serio que la Vida imita al Arte, que de hecho la Vida es el espejo y el Arte la realidad!

Vivian.- Sí que lo creo. Aunque pueda parecer una paradoja –y las paradojas son siempre cosas peligrosas-, no por ello es menos cierto que la Vida imita al arte mucho más de lo que el Arte imita ala vida. Todos hemos visto como en la Inglaterra de nuestros días cierto tipo curiosos y fascinante de belleza, inventado y enfatizado por dos pintores imaginativos, ha influido en la Vida de tal modo que no se puede ir a una inauguración privada ni a un salón artístico sin ver aquí los místicos ojos del sueño de Rosetti, la larga garganta de marfil, la extraña mandíbula cuadrada, la sombría cabellera que tan ardientemente amó, allí la dulce doncellez de La escalera de oro, la boca en capullo y la hermosura cansada de Laus Amoris, el rostro demudado por la pasión de Andrómeda, las delgadas manos y ágil belleza de la Viviana de El sueño de Merlín2. Y siempre ha sido así. Un gran artista inventa un tipo, y la Vida trata de copiarlo, de reproducirlo en formato popular, como un editor industrioso. Ni Holbein ni Van Dick encontraron en Inglaterra lo que nos han dado. Traían su tipos consigo, y la Vida, con su aguda facultad imitativa, se aplicó a suministrar modelos al maestro. Así lo comprendió el sagaz instinto artístico de los griegos, que en la estancia de la recién casada ponían una estatua de Hermes o de Apolo, para que engendrara hijos tan hermosos como las obras de arte que contemplaban en su éxtasis o en su dolor. Sabían que la Vida no sólo gana con el arte espiritualidad, hondura de pensamiento y sentimiento. Tumulto o paz para el alma, sino que puede modelarse a sí propia conforme a las líneas y colores del arte, y reproducir la dignidad de Fidias lo mismo que la gracia de Praxiteles. De ahí su objeción al realismo, que les desagradaba por motivos puramente sociales. Pensaban que era inevitable que hiciera feas a las personas, y acertaban. Nosotros pretendemos mejorar las condiciones de la raza a base de buen aire, sol sin tasa, agua sana y edificios escuetos y horribles para el digno alojamiento de las clases inferiores. Pero esa clase de cosas sólo produce salud, no belleza. Para ésta se requiere el Arte, y los auténticos discípulos del gran artista no son sus imitadores de estudio, sino quienes se hacen semejantes a sus obras, sean plásticas como en la época de los griegos o pictóricas como en los tiempos modernos; en una palabra, la Vida es mejor discípula del arte, y la única.

Como en las artes visibles, así en la literatura. Tenemos la demostración más evidente y vulgar en el caso de esos chiquillos necios que después de leer las aventuras de Jack Sheppard o Dick Turpin3 saquean los puestos de las infelices fruteras, asaltan de noche las confiterías y alarman a los señores provectos que vuelven de la ciudad a sus hogares saliéndoles al paso en caminos apartados, con un antifaz negro y una pistola vacía. Este interesante fenómeno, que no deja de repetirse cada vez que se reedita uno u otro de los mencionados libros, se suele atribuir a la influencia de la literatura sobre la imaginación. Pero es un error. La imaginación es esencialmente creativa y busca siempre una forma nueva. El niño ladrón no es sino el resultado inevitable del instinto imitativo de la vida4.

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Prerrafaelistas: The lady of Shalott (Waterhouse, 1888) / Lady Lilith (Dante Gabriel Rosetti, 1868) / Dante’s Dream (Dante Gabriel Rosetti, 1871)

[…]

Vivian.- (…) La naturaleza no es una gran madre que nos haya parido. Es creación nuestra. Es en nuestro cerebro donde cobra vida. Las cosas son por que las vemos, y lo que veamos, y como lo veamos, depende de las Artes que nos hayan influido. Mirar una cosa es muy distinto de verla. Nada se ve mientras no se ve su belleza. Entonces y sólo entonces adquiere existencia. En la actualidad la gente ve nieblas, no por que haya nieblas, sino por que poetas y pintores le han enseñado la belleza misteriosa de tales efectos. Podrá haber habido nieblas en Londres desde hace siglos. Seguramente las hubo. Pero nadie las veía, y por lo tanto nada sabemos de ellas. No existieron hasta que el arte las inventó. Ahora hay que reconocer que se abusa de ellas. Han llegado a ser el mero amaneramiento de una camarilla, y el exagerado realismo de su método produce bronquitis en las gentes obtusas. Allí donde el hombre culto percibe un efecto, el inculto coge un resfriado5.

[…]

Vivian.- (…) El arte más elevado rechaza el fardo del espíritu humano, y gana más con una nueva técnica o un material inédito que con todos los entusiasmos por el arte, todas las pasiones exaltadas y todos los grandes despertares de la conciencia humana. El arte se desenvuelve únicamente sobre sus propias trazas. No es simbólico de ninguna era. Son las eras las que lo simbolizan.

Aun aquellos que sostienen que el Arte es representativo del tiempo y del lugar y de las gentes no pueden dejar de reconocer que cuanto más imitativo es un arte menos representa para nosotros el espíritu de su época. Las caras de maldad de los emperadores romanos nos miran desde el sucio pórfido y el manchado jaspe que se complacían en trabajar los artistas realistas de entonces, y se nos antoja que en esos labios crueles y esas mejillas carnosas y sensuales cabe hallar el secreto de la ruina del Imperio. Pero no fue así. Los vicios de Tiberio no pudieron destruir aquella civilización suprema, como no pudieron salvarla las virtudes de los Antoninos. Cayó por otras razones, menos interesantes. Puede ser que las sibilas y los profetas de la Sixtina sirvan para interpretar a los ojos de algunos aquel nuevo brote del espíritu emancipado que llamamos Renacimiento; pero los palurdos borrachos y los campesinos vociferantes del arte holandés, ¿qué nos dicen del alma grande de Holanda? Cuanto más abstracto es un arte, cuanto más ideal, más nos revela el temperamento de su época. Si queremos entender a una nación a través de su arte, vayamos a su arquitectura o a su música6.

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Vivian.- […] El hecho es que nos asomamos a los tiempos pretéritos exclusivamente a través del arte, y es una gran suerte que el arte no nos haya dicho la verdad ni una sola vez. […] Los dibujos que hizo Holbein de los hombres y mujeres de su tiempo nos hacen sentir su absoluta realidad. Pero eso es sencillamente por que Holbein obligó a la vida a aceptar las condiciones de Holbein, a acomodarse a sus limitaciones, a reproducir su tipo y mostrarse como Holbein quería que se mostrase. Es el estilo lo que nos hace creer en las cosas; nada más que el estilo. La mayoría de nuestros retratistas actuales están condenados al olvido absoluto. Nunca pintan lo que ven. Pintan lo que el público ve, y el público nunca ve nada7.

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Hans Holbein: Autoretrato (1543) / Nikolaus Kratzer (1528) / Sir Thomas More (1526)

[…]

Vivian.- (…) El hombre puede creer lo imposible, pero jamás podrá creer lo improbable. (…) Así como quienes no aman a Platón más que la Verdad no pueden trasponer el umbral de la Academia, así quienes no aman la Belleza más que la Verdad nunca conocerán el santuario más íntimo del arte. (…) Lo que tenemos que hacer, lo que en cualquier caso es nuestro deber, es resucitar este antiguo arte de la Mentira. (…) El Hipogrifo mascará su avena de oro en nuestras cuadras, y sobre nuestras cabezas flotará el Pájaro Azul cantando de cosas hermosas e imposibles, de cosas que son bonitas y no ocurren nunca, de cosas que no son y deberían ser. Pero para que eso suceda, antes tenemos que cultivar el arte perdido de la mentira.

Cyril.- Entonces esta claro que hay que cultivarlo sin dilación. Pero para no cometer ningún error quiero que me cuentes en pocas palabras las doctrina de la nueva estética.

Vivian.- En pocas palabras, pues, helas aquí. El arte jamás expresa otra cosa que su propio ser. Tiene su vida independiente, lo mismo que el pensamiento, y se desenvuelve únicamente sobre sus propias trazas. No tiene por que ser realista en una época de realismo, ni espiritual en una época de fe. Lejos de ser creación de su tiempo, suele estar en directa oposición a él, y la única historia que guarda para nosotros es la historia de su propio curso. A veces vuelve sobre sus pasos, y resucita de una forma antigua, como sucedió en el movimiento arcaizante del arte griego tardío, y en el movimiento prerrafaelista de nuestros días. A veces se anticipa enteramente a su época, y en un siglo produce obras que se tarda otro siglo en comprender, apreciar, disfrutar. En ningún caso reproduce a su época. Pasar del arte de un período al período mismo es el gran error que cometen todos los historiadores.

La segunda doctrina es ésta. Todo arte malo proviene de volver a la Vida y la Naturaleza, y erigirlas en ideales. La Vida y la Naturaleza podrán a veces formar parte de la materia bruta del Arte, pero para que le sean de alguna utilidad real hay que traducirlas a convenciones artísticas. En el momento en que el Arte abdica de su medio imaginativo abdica de todo. Como método el Realismo es un completo fracaso, y las dos cosas que todo artista debe evitar son la modernidad de la forma y la modernidad del asunto. Para nosotros, que vivimos en el siglo XIX, cualquier siglo es tema válido para el arte menos el nuestro. Las únicas cosas bellas son las cosas que no nos conciernen. Es, diré por el placer de citarme a mi mismo, exactamente Hécuba no es nada para nosotros por lo que sus penas constituyen un motivo de tragedia tan apropiado. Además, lo moderno es lo único que se queda anticuado. El señor Zola se sienta a darnos un retrato del Segundo Imperio. ¿A quien le interesa ahora el Segundo Imperio? Está pasado. La Vida va más deprisa que el Realismo, pero el Romanticismo va siempre por delante de la Vida.

La tercera doctrina es que la Vida imita al Arte mucho más de lo que el Arte imita a la Vida. Esto se debe no sólo al instinto imitativo de la Vida, sino a que la meta consciente de la Vida es hallar expresión, y el Arte le ofrece ciertas formas hermosas a través de las cuales puede hacer realidad esa energía. Es una teoría que no ha sido propuesta hasta ahora, pero es extremadamente fructífera, y arroja una luz enteramente nueva sobre la historia del Arte.

Se sigue, como corolario de esto, que también la Naturaleza externa imita al arte. Los únicos efectos que puede mostrarnos son efectos que ya hemos visto a través de la poesía, o en pinturas. Ése es el secreto del encanto de la Naturaleza, así como la explicación de su debilidad.

La revelación final es que la Mentira, contar cosas bellas y falsas, es el objetivo propio del Arte. Pero de esto creo haber tratado con suficiente detalle. Y ahora salgamos a la terraza, donde “languidece el lechoso pavo como un espectro”, mientras el lucero vespertino “baña el ocaso de plata”8. A la hora del crepúsculo la naturaleza se transforma en un efecto prodigiosamente sugestivo, y no carece de hermosura, aunque quizá su principal aplicación sea ilustrar citas de los poetas. ¡Ven!. Ya hemos hablado bastante9.

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Extractos: Oscar Wilde.  La decadencia de la mentira. Madrid: Ediciones Siruela S. A., 2000.

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1. Las que puede crear el poeta, según Shelley en su poema dramático “Prometeus Unbound” (1820).

2. Wilde acude a dos tipos de mujer que respectivamente se repiten en la pintura de los prerrafaelistas Dante Gabriel Rosetti y Edward Burne-Jones.

3. John Sheppard (1702-1724) y Richad Turpin (1706?-1739), bandoleros ingleses muy celebrados en la literatura popular.

4. pág. 49-54

5. pág. 63

6. pág. 67-69

7. pág. 72-73

8. Citas, respectivamente, de Tennyson (“Summer night”, en The Princess, 1847) y Blake (“To the evening star”, en Poetical Sketches, 1783)

9. pág. 75-83


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