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Anish Kapoor chez Le Corbusier

9 Apr 2018

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En el año 2009, y con motivo de la celebración del cincuenta aniversario de la inauguración del edificio, una exposición del pintor, grabador y escultor François Morellet supuso el inicio de una serie de encuentros entre la arquitectura del Couvent de La Tourette (Eveux-sur-l’Arbresle, 1956-59) de Le Corbusier y el arte contemporáneo. Posteriormente, los diferentes espacios del convento acogerían la obra de Vera Molnar, Stéphane Couturier e Ian Thyson (2010), Alan Charlton (2011), Eric Michel (2012) y, más recientemente, Anne y Patrick Poirier (2013) y Philippe Favier (2014). Las diferentes exposiciones han ido acompañadas de interesantes catálogos, con artículos de opinión y un cuidado material fotográfico.

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Eric Michel (Fotografía Eric Michel)

Originalmente concebida por Marc Chauveau, fraile residente en el convento, profesor de historia del Arte y comisario de todas las exposiciones, esta iniciativa se inscribe dentro del contexto de las intensas relaciones mantenidas durante toda su vida entre el arquitecto y los artistas de su época. Resulta interesante reseñar en este sentido la comunicación por aquellos años entre Le Corbusier y el Padre Couturier, a quien el primero ya había conocido mientras trabajaba en el proyecto y construcción de la Chapelle Notre-Dame du haut en Ronchamp (1950-55). Fraile dominico y director de la revista L’Art sacré, hoy en día se reconoce su gran labor aperturista como religioso respecto al arte moderno, siendo responsable de numerosos proyectos en los que se establece una interacción entre la arquitectura y la obra de ciertos artistas reconocidos como Henri Matisse en la Chapelle de Vence (1948-51) o Fernand Léger y Jean Bazaine en l’Eglise d’Audincourt (1946-51). Finalmente, recaerá en el padre Couturier la responsabilidad de otorgar el encargo del convento al artista y arquitecto Le Corbusier.

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Ian Thyson, Vera Molnar (Fotografía François Diot)

Estas experiencias actuales parten de la consideración de que el convento es en si mismo una obra arquitectónica capaz de acoger el trabajo de ciertos artistas dispuestos a dialogar con ella. La Tourette no es un museo, un lugar de exposición clásico en el que los artistas encuentran a su disposición un conjunto de lienzos abstractos e indiferenciados donde exponer su obra. Muy al contrario, el alojamiento de la obra debe necesariamente dialogar respetuosamente con unos espacios que le son previos y ajenos, y que necesariamente van a condicionar la visión de la misma en direcciones insospechadas.

La potente arquitectura del edificio invita así al artista a una toma de postura, evitando que su obra sea absorbida por el lugar pero manteniendo una actitud de humildad y discreción. Il ne s’agit pas de remplir le couvent, ni de s’en servir comme d’un faire-valoir. Il s’agit, tout au contraire, d’entrer en conversation1.

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Alan Charlton (Fotografía George Dupin)

Los artistas escogidos son invitados a entrar en resonancia con el lugar, con su luz, su atmósfera y su silencio; con el rigor de un edificio, no tanto austero como lleno de humanidad. Resulta necesario olvidarse de uno mismo, escuchar y mirar largamente con los ojos bien abiertos, dejarse tocar por el juego de luz y el ritmo particular con que el edificio se vive, a fin de que nazca un diálogo en el que las dos partes, arquitectura y arte, se enriquezcan mutuamente.

Ce qui est entrepris à la Tourette est unique sur la scène artistique française. La vocation du lieu traduit en effet ce qui, d’une certaine façon, n’existe nulle part ailleurs : la singularité d’une alliance qui unit architecture corbuséenne, archétype de l’architecture moderne, vie religieuse, vie quotidienne et art contemporain2.

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Anne y Patrick Poirier (fotografía Pascal Hausherr)

Finalmente, y gracias a la interacción con la obra expuesta, resulta posible descubrir ciertos aspectos de la obra de Le Corbusier y Xenaquis hasta ahora desconocidos, sorprendiendo incluso a los habitantes habituales del convento. En paralelo, y gracias a esta conversación íntima, las obras expuestas también encuentran una dimensión, densidad y significado nuevos.

Les expositions de ces dernières années ont montré combien les œuvres prenaient place naturellement dans le couvent, tant le dialogue qu’elles instauraient avec l’architecture se révélait juste. Il en résultait un renouvellement du regard, à la fois sur le bâtiment et sur les œuvres. Cette articulation entre un lieu spirituel vivant, la qualité architecturale du couvent el la qualité artistique des œuvres choisies, fait de chaque rencontre une expérience unique. Les œuvres ne sont plus exposées mais « habitent » le couvent. Elles prennent le sens d’un présence dans un lieu lui-même habité3.

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François Morellet (Fotografía Pierre Arnaud)

Con ocasión del cincuenta aniversario del fallecimiento de Le Corbusier (1965), el convento acoge desde el 10 de Septiembre de 2015 y hasta el 3 de Enero de 2016 la obra del artista indio Anish Kapoor (Bombay 1954), inscrita en la Biennale d’Art Contemporain de Lyon 2015.

Durante su visita al convento, realizada con el fin de seleccionar las obras a exponer y los lugares para ubicarlas, Anish Kapoor reconoció sentirse conmovido por el juego de la luz en el edificio, y por las sinceras texturas de hormigón in-situ de sus paramentos exteriores e interiores, manifestando las tablas de encofrado. El artista se reveló a su vez sensible a las imperfecciones en el acabado del hormigón, car elles rendent humaine cette architecture en apparence rigoureuse4.

Las obras expuestas dialogan con el convento de muy diversas maneras, mediante la semejanza y diferencia de texturas, el contraste de color, el juego de reflejos y deformaciones especulares, la dialéctica con las luces y las sombras o la escala entre el tamaño de la obra y el espacio en el que se ubica. Se trata de piezas profanas que, sin embargo, son capaces de intensificar con su presencia silenciosa la espiritualidad latente del edificio.

Anish Kapoor seleccionó para esta experiencia, en función del discurso plástico y narrativo que se deseaba en cada espacio expositivo, algunas obras ya lejanas en el tiempo y otras muy actuales. La más antigua, Endless Column (1992), se instala en una de las pequeñas salas del convento, orientada al Sur, recreando ingrávidamente y en un rojo intenso uno de los soportes del edificio. Otras espacios del convento –salas de estudio y de trabajo, antiguas aulas universitarias y sala capitular- acogerán obras trabajadas con diferentes materiales como madera, cera, fibra de vidrio, silicona, metal y pigmentos, todas ellas basadas a su vez en el color rojo. En algunos casos se trata de estructuras geométricas de reducido tamaño, como Moon Shadow (2005), V Shadow (2005) o Unititled (2015); en otras obras se recrean fragmentos de carne desgarrada, que se podrían considerar amorfos, suscitando un discurso muy interesante a nivel de textura con el proyectado grueso pintado de blanco que resuelve gran parte de los paramentos del convento: Keriah IV (2012), Disrobe (2013), Gold Corner (2014) y una pieza sin título de 2015.

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Dos piezas circulares de un diámetro similar provocan un interesante juego de reflejos en dos espacios muy diferentes del convento. La primera de ellas –Sky mirror (2007)- construida en acero inoxidable y con un diámetro de 280 cm, se sitúa en el exterior del convento, apoyada en el terreno mediante un atril, ofreciendo una imagen dinámica y deformada de los paramentos exteriores que la circundan. 220 Aluminium Mirror (2001), pieza de aluminio oscuro de 234 cm de diámetro, se cuelga en una posición central de un paramento el refectorio, provocando una interesante imagen invertida, muy enigmática por lo oscuro del material, del espacio en donde se ubica y de los visitantes que en la misma se reflejan. Finalmente, y siguiendo con el juego de reflejos, una enigmática y pequeña pieza titulada Gold Corner (2014) desmaterializa con su brillo una de las esquinas del corredor de circulación entre el atrio y el acceso al convento.

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Dos piezas más, de considerable tamaño, completan la exposición. La primera de ellas, Spire 4 (2007), un cono curvilíneo y brillante de 3 m de base y 3 m de altura, dialoga en su colocación con la virtual centralidad de la iglesia, un espacio que siempre recibimos como simétrico pero que en realidad no lo es. Finalmente, Non-Object (Door), paralelepípedo de acero inoxidable del año 2008, se instala en el atrio del convento; la imperceptible y diferente curvatura de sus cuatro facetas otorga reflejos dinámicos muy desiguales, más o menos deformados, tanto del espacio en el que la pieza se ubica como de los curiosos visitantes que se acercan a la misma.

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La exposición Anish Kapoor chez Le Corbusier propone el encuentro entre la sensibilidad de dos creadores de formas esenciales, rigurosas, valientes, contenidas en lo material pero libres en lo compositivo y formal. Un diálogo necesario entre una obra fundamental de uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX y el trabajo de un artista plástico vivo, activo, que ha revolucionado con su obra el concepto de Instalación artística, interaccionando con sus arriesgadas piezas en los espacios que se le proponen con una sensibilidad que excede el mero alojamiento de las mismas. Sin duda, Le Corbusier habría aceptado esta conversación.

More information in http://www.couventdelatourette.fr

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1. Frère Marc Chauveau, La Tourette 1959-2009. Le cinquantenaire, Bernard Chauveau, Paris, 2009 (pág 5)

No se trata tanto de colonizar el convento, ni servirse de él. Se trata, más bien, de mantener una conversación.

2. Frère Marc Chauveau, « Anish Kapoor chez Le Corbusier » (pág. 4). Dossier de presse 13e Biennale de Lyon. (http://www.couventdelatourette.fr)

Esto que sucede en La Tourette es algo único en la escena artística francesa. La vocación del lugar traducida en efecto de una forma que, de alguna manera, no existe en ninguna parte: la singularidad de una alianza que une la arquitectura de Le Corbusier, prototipo de la arquitectura moderna, la vida religiosa, la vida cotidiana y el arte contemporáneo.

3. Ibidem (pág. 4)

Las exposiciones de estos últimos años han mostrado como las obras encontraban su lugar en el convento, en tanto que el diálogo que ellas instauraban con la arquitectura se revelaba justo. Ello conducía a una renovación de la mirada, a la vez sobre el edificio y sobre las obras. Esta articulación entre un lugar espiritual vivo, la calidad arquitectónica del convento y la calidad artística del las obras seleccionadas, hace de cada reencuentro una experiencia única. Las obras no se exponen, “habitan” en el convento. Ellas adquieren el sentido de una presencia en un lugar de por si habitado.

4. Ibidem (pág. 5)

… ya que ellas humanizan esta arquitectura aparentemente rigurosa.

Traducciones y fotografías (excepto indicadas): Juan Deltell Pastor

 

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